La grasa abdominal, también conocida como grasa visceral, es uno de los retos más comunes que enfrentan las mujeres a partir de los 40 años. Este tipo de grasa no solo afecta la apariencia física, sino que también está relacionada con riesgos de salud como enfermedades cardíacas y diabetes.
Una cintura que crece a veces se considera el precio de envejecer. Para las mujeres, esto puede ser especialmente cierto cuando la grasa corporal tiende a desplazarse hacia el abdomen después de la menopausia.
Sin embargo, ese aumento de la grasa abdominal hace más que dificultar el cierre de tus pantalones favoritos. Las investigaciones demuestran que la grasa abdominal conlleva riesgos serios para la salud. No obstante, las amenazas que plantea la grasa abdominal pueden reducirse.
El peso de una persona depende, en gran medida, de los siguientes cuatro aspectos:
- Calorías que se consumen por día.
- Calorías que se gastan por día.
- Edad.
- Factores genéticos.
Las personas que regularmente comen y beben más calorías de las que gastan por día tienen más probabilidades de aumentar de peso, lo que incluye la grasa abdominal.
El envejecimiento también hace la diferencia. Las personas pierden masa muscular cuando envejecen. Y el problema empeora en el caso de quienes no hacen actividad física. La pérdida de masa muscular disminuye la rapidez con la que el cuerpo utiliza las calorías, lo que puede hacer más difícil mantener un peso saludable., también con la edad el metabolismo basal se reduce haciendo más difícil quemar calorías.
Muchas mujeres notan un aumento en la grasa abdominal a medida que envejecen, incluso aunque no aumenten de peso. Esto se debe probablemente a una disminución del nivel de estrógeno, ya que este parece influir en el lugar donde se distribuye la grasa en el cuerpo.
Los genes también pueden contribuir a las probabilidades de que una persona tenga sobrepeso u obesidad. También influye en dónde se almacena la grasa en el cuerpo.
El estrés y el sueño insuficiente: los niveles elevados de cortisol, la «hormona del estrés», pueden fomentar el almacenamiento de grasa en la tripa. Además, dormir mal afecta el metabolismo y el apetito.
El problema con la grasa abdominal es que no se limita a la grasa subcutánea, que es la capa de relleno justo por debajo de la piel. La grasa abdominal también incluye grasa visceral, que se encuentra en la profundidad del interior del abdomen y rodea los órganos internos.
Independientemente del peso total de una persona, una gran cantidad de grasa abdominal aumenta el riesgo para lo siguiente:
- Presión arterial alta
- Cantidad poco saludable de grasa en la sangre
- Apnea del sueño
- Enfermedades cardíacas
- Nivel elevado de glucosa en la sangre y diabetes
- Determinados tipos de cáncer
- Accidente cerebrovascular
- Hígado graso
- Muerte prematura por cualquier causa
- Mantén una alimentación saludable. Un alimentación saludable incluye lo siguiente:
- Enfocarse en los alimentos de origen vegetal, como las frutas, las verduras y los granos o cereales integrales.
- Elegir fuentes magras de proteína, como pescado y productos lácteos bajos en grasa.
- Limitar las carnes procesadas, así como las grasas saturadas que se encuentran en la carne y en los productos lácteos ricos en grasas, como el queso y la mantequilla.
- Elegir cantidades moderadas de grasas monoinsaturadas y poliinsaturadas, que se encuentran en el pescado, los frutos secos y ciertos aceites vegetales.
- Elige sabiamente el tamaño de las porciones. Incluso cuando estás tomando decisiones saludables, las calorías se acumulan. Reduce el tamaño de las porciones en casa. Comparte los platos cuando comas en restaurantes, o come la mitad y lleva el resto a casa.
- Reemplaza las bebidas azucaradas. En su lugar, bebe agua u otras bebidas sin azúcar.
- Mantente activo. Se recomienda actividad aeróbica moderada, como caminar a paso ligero, al menos 150 minutos a la semana o actividad aeróbica vigorosa, como trotar, al menos 75 minutos a la semana. Los ejercicios de fortalecimiento muscular se recomiendan, al menos, dos veces a la semana.
- Buena rutina de sueño: dormir entre 7-8 horas mejora la regulación hormonal y el metabolismo.
- Realizar actividades relajantes: desde leer hasta practicar yoga o mindfulness.


